El año pasado llevé también una canasta navideña; era un viento que volvía desde mi memoria. Un aire que me hablaba cómo un fantasma del pasado.
Fue con ese susurro que noté que la Navidad ya había comenzado; quizá fue por los árboles, esas pequeñas esculturas verdes disfrazadas de estrellas que brillaban desde las ventanas de las casas como abrazos luminosos; o los panetones, gloriosos dulces esponjas de harina con frutas que me vuelven niño. Sería, tal vez, por la cena de Nochebuena, banquetes horneados compartidos con las copas en las manos. O porque me di cuenta de que lo que más deseaba era que amaneciera para ir a ver a mi madre que me esperaba al final de la carretera que me llevaba desde el susurro de esta canasta navideña hasta su abrazo que me calmara.
El año pasado llevé también mi canasta navideña, era el futuro que crecía en mi cabeza y más bien era una canasta de recuerdos, cuando terminé el año menos despierto, absorto en la pereza que disfruto y casi perdido en la nostalgia que nos mira del pasado, y cuando todo era bello y perfecto, recordé que me reía porque te enfurecías por culpa mía. Pensé que puede parecer que no me importan las personas y que mi proeza es escuchar cuando me hablan de la noche buena, pero tú con tu canasta navideña, me desinteresas menos, porque algunas veces reaccionas con el fuego, aunque luego navego cerca de tu mirada voladora, siempre parece que me ignoras, porque me divierte verte cuando estás molesta, aun cuando tu furia descubierta solo despierte cuando nadie más que yo te advierte.
Porque el año pasado llevé también tu canasta navideña. Y ese recuerdo me alegra, este presente me parece extrañamente obvio, y este futuro me seguirá esperando, cuando me despierte el susurro de ese viento, porque la Navidad ya había comenzado, pequeña, inmensa, bajo el cielo del verano donde los humanos más sueñan, la tradición más emotiva que une corazones y familias. Aunque la Navidad es mi vigilia, siento reflexionar y soñar con un futuro que retorna como un relámpago esperado.
Nunca se romperá este círculo de causalidades y coincidencias, nunca dejaré de esperar este momento, cuando suenan las bombardas y destellan en el cielo, entonces solo espero a que amanezca, porque la navidad es mi vigilia, me levantaré contento, saliendo de la casa, cómo si mi alma que sueña me cargara en una canasta navideña, hasta el final la carretera, cuando podré abrazar a mi madre, pequeña.
